miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un cuento en dos minutos







En la anima esquina de la calle de la Constitución, entre la Catedral y el Starbucks, he encontrado un cuento con mí cámara en menos de dos minutos. Aquí, se puede ver el día diaro del trabajo de los taxista en el centro de Sevilla. Esperan unos minutos en un sitio, y en un momento muy rápido, desaparecen en la oscuridad de las calles estrechas y serpenteantes de Sevilla.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Pacientes preparados para la espera en una sanidad de calidad.


Si alguien piensa que las clínicas y hospitales públicos españoles están masificados ahora, debería haber visto como estaban hace un siglo, cuando había un baño para cada 20 pacientes y cada habitación estaba saturada con 6 o más camas, Pepa, 69 recuerda.

Por Thomas Roberts (Traducción: Sergio Alba González).

Pepa Garrido se recuerda apretujada entre la puerta y la cola de pacientes para entrar en la bulliciosa consulta del doctor en el Virgen de los Reyes, en la calle Marqués de Parada. “La enfermera asomaba su cabeza afuera cada 5 minutos e intentaba terminar con el bullicioso charloteo de mas de 30 pacientes ansiosamente esperando para ver al doctor”.

“¿Quién es el próximo en la cola?” decía la enfermera firmemente. Los pacientes rápidamente dándose codazos unos a otros y levantando sus brazos al aire discutían sobre sus números en la cola.

-“¡Yo estaba aquí primero!”

-“¡No, estaba yo!”

-“¡Yo estaba detrás de ella!”

-“¡Luego yo!” “¡Luego yo!”

“La consulta del doctor era una casa de locos”, relata Pepa, una sevillana de 69 años agitando la cabeza. “Estaba masificado y desorganizada”. Con un sobreexplotado sistema sanitario, pacientes y practicantes se veían frente a frente como un cuenta gotas durante el régimen de Francisco Franco.

Pepa creció en el centro de Sevilla, en el barrio de El Arenal, y ha ido toda su vida a la clínica pública Virgen de los Reyes. Además, ella se queja de las largas colas y espera, “Los doctores siempre han sido excelentes y muy educados. Si tu necesitabas algo urgente, tu eras cuidado y tratado muy bien. La atención al cuidado era excelente”.

Teresa Torres, una propietaria de unos 72 años de una antigua farmacia de Madrid no es tan entusiasta. “Seguro que el cuidado técnico era bueno, pero el personal era muy variable”, dice ella. “No era algo no común esperar 6 o 8 meses para una operación que no estaba considerada urgente”.

Torres es parte del 10 por ciento de personas en España que pagan un extra para ser tratados en una clínica privada. “La ventaja, para mi, era que tu podías ver un doctor el Lunes y estar listo para operarte esa misma semana. No cola, no espera. Era sencillo. Pero tu también tenías que pagarlo”.

La sanidad privada era típicamente reservada para personas con una alta posición en sus profesiones, quienes podían pagar por alguna conveniencia extra. Además, los hospitales privados eran más pequeños y tenían capacidades limitadas. Para procesos más especializados, los pacientes también recurrían de lejos, a los más avanzados hospitales públicos para cuidados médicos.

El doctor Javier Conde, del Departamento interno de medicina del Hospital Virgen Macarena, defiende el viejo sistema sanitario público, diciendo “prestan más atención a la calidad”. De hecho, el sistema cubre la mayoría de las necesidades médicas de los pacientes. En Sevilla, había 3 hospitales, el mayor siendo García Morato, hoy llamado Virgen del Rocío, construido en 1954. Desde entonces, ha llegado a convertirse en uno de los hospitales más importantes de España, conocido por sus intervenciones e investigaciones médicas.

En los años de privación siguientes a la Guerra Civil española, Franco estableció en 1942 el Seguro Obligatorio de Enfermedad para garantizar a los trabajadores el derecho universal de los cuidados sanitarios. Bajo el nuevo sistema de Seguridad Social creado, los trabajadores recibieron un certificado llamado Cartilla Sanitaria. “Esta era obligatoria para la cobertura sanitaria, como tu pasaporte o el certificado de nacimiento”, describe Pepa, e incluía el número de afiliación, el número de Seguridad Social y los beneficiarios.

“Era gratis. Bueno, yo digo gratis, pero nada es gratis. Tu tienes que trabajar para obtenerlo”, dice Pepa. Los españoles participaban en el sistema público de salud pagando una cuota mensual a la seguridad social, la cual era usualmente tomada de sus salarios. La Seguridad Social cubrió a los trabajadores y sus familias.

Además del cubrimiento de los cuidados de hospital, la Seguridad Social lo suplementó con las prescripciones de medicinas”. Se vendían privadamente y ofrecían a la gente con Seguridad Social las medicinas con los precios más bajos”, anota la farmacéutica Teresa Torres “Tu pagas una fracción, un veinte por ciento, y la Seguridad Social paga el resto”.

El cuidado dental, sin embargo, no era cubierto por la Seguridad Social del todo. “Si tenías una caries, el dentista tenía que quitarte tus dientes, boom, quitártelos, y tu debías seguir tu propio camino. Pero tu tenías que pagar,” dice Pepa Garrido. “Si tenías dientes torcidos y no podías pagar para corregirlos, tenías que aguantarte con los dientes malos”.

Después de los 18, se esperaba que los jóvenes que trabajaran pagaran sus propios cuidados médicos. “cuando yo tenía 24 años, tuve apendicitis y necesité operarme. Yo no estaba trabajando en ese momento, así que no tenía Seguridad Social. Afortunadamente mi padre pagó por mí los cuidados sanitarios privados. Sin él, no estoy segura de lo que hubiera hecho,” cuenta Pepa.

Para los desempleados que carecían de medios para pagar sus propios cuidados sanitarios, el hospital San Lázaro ofrecía cuidados médicos suplementarios por el Instituto Nacional de Previsión. La mayoría de estos servicios eran caritativos y ofrecían cuidados que eran “también buenos”, dice Pepa.

De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística, en 1960 habían 11 físicos, 1 dentista, y 3 farmacéuticos por cada 10,000 personas en España. El sistema estaba saturado con muchos pacientes para algunos médicos, no permitiendo suficiente tiempo para cada paciente.

Pepa comenta que “el doctor vagamente tenía tiempo suficiente para revisar después de escribir sus ultimas preinscripciones. En aquellos tiempos, ellos veían a 50 o 60 pacientes en una hora.” Los doctores estaban simplemente “quemados”, añadía el doctor Conde. “Había una falta de motivación”.

De echo para los sobreexplotados doctores, los hospitales estaban limitados en tamaño y capacidad hasta mediados de los sesenta. Pepa cuenta visitando a su hijo Mariano, con 41 años ahora, en el hospital García Morato cuando él tenía apendicitis. “En una habitación había 3 camas a la izquierda, 3 a la derecha y otra suplementaria en la pared”, dice ella moviendo su cabeza. “Había un cuarto de baño para cada 20 personas y un teléfono en el vestíbulo. Tú no podías llamar para hablar a cualquiera. Era muy difícil”.

Las horas de visitas estaban también restringidas. Las familias tenían permitidas solo 2 horas cada día. “Mi padre tenía un número de operaciones, incluyendo la eliminación de su riñón derecho. Él nunca quería estar solo en el hospital público; él siempre decía que quería a sus hijos y esposa a su lado.” Por esa razón, su padre pagó para que esas operaciones se desarrollaran en un hospital privado, donde las horas de visitas no estaban restringidas.

Los donantes de sangre, por otro lado, recibían visitas privilegiadas y podían estar todo el día en un hospital público. Y fue lo que ella hizo. “El pensamiento de agujas y pinchazos me hacían desmayarme, pero yo fui a donar sangre porque quería estar con mi hijo”.

A pesar de largas colas y frustraciones, “los hospitales públicos ofrecían el mejor tratamiento y cuidado posible,” afirma Pepa. Para alguien que nunca realmente ha estado enfermo, un viaje de rutina a la consulta del doctor le tomaría una hora y media o más, la mayoría del tiempo gastado en la sala de espera. “La enfermera finalmente decía, ¿Pepa Garrido?, ¿Pepa Garrido? Yo hubiera saltado corriendo, y estaría afuera de la consulta del doctor en menos de 5 minutos.”

Para Pepa, “el sistema sanitario era lo mejor y lo peor. No teníamos opciones para elegir, así que ambos”

sábado, 12 de diciembre de 2009

El espirtú de la navidad ha llegado a Sevilla


El final sábado de noviembre por la tarde, adelante del gran edificio del Ayuntamiento de Sevilla, tres trabajadores jóvenes, vestidos en gris, salen tranquilamente de su camión verde de Ford. Detrás, abren el maletero, y empieza a descargar unos cabos de luces largas y enrolladas. Después de quitar una cadena fina de casi diez metros, uno asegura la carrera enfrente del banco, y la trepa con el extremo de la cadena cogido en la mano y un martillo en el bolsillo atrás. Al subirse, él adjunta las luces al muro arriba de la ventana de la segunda planta de la calle Sierpes con un ¨Tat! Tat! Tat!¨ del martillo. Aquí en la esquina de una calle popular de Sevilla, los tres ya han empezado el trabajo anual de arreglar las calles de Sevilla en preparación de la llegada de Jesús Cristo.
Estoy sentado en un banco gordo de madera, debajo de un árbol en la animada Plaza Nueva, con el gran edificio del ayuntamiento a lado. En el centro de Sevilla, cruzan los ojos desde los trabajadores y su camión a través del jaleo y la muchedumbre, hasta el lado derecho del ayuntamiento. Me fija en el sonido de algunos niños corriendo rápidamente hasta la cola adelante del arco del ayuntamiento. Allí en el rincón, debajo del arco blanco, está su famoso y antiguo belén. Con sus padres cerca de detrás, los dos niños pasan arreglados en suéteres azules de lana y calcetines blancos hasta las rodillas, sujetando las cuerdas de sus globos de azul y amarillo. Con los ojos abiertos, todos están disfrutando la maravillosa exposición de las cosas tradicionales de la navidad.
En el fondo, oigo la ¨boom! boom! boom!¨ de una banda navideña y sus tambores marchando por la calle de la constitución hacía la Catedral. En el rincón de la calle de la constitución, nubes gruesos llena el aire hasta 10 metros del suelo, rodeando los clientes y el vendedor detrás del carrito metal, negro de ceniza, asando una pila de castañas. Por fin, dentro de una ciudad muy distinta y muy lejos de mío en Filadelfia, Pennsylvania, la atmósfera empieza a sentir más común. Con los sonidos de la gente, la música navideña y las calles iluminadas con cadenas de luces, el espíritu de la navidad ha llegado a Sevilla.